lundi 2 mai 2016

Nos parecía importante

Hace una semana, a esta misma hora, las luces del cine se encendieron para que todas y todos pudiéramos aplaudir Nos parecía importante. Sesenta minutos de algo doloroso y cómico. Como lo son muchas de esas aventuras que hemos vivido juntos. Algo que solo un chico valiente y sensible podría retratar acompañado de una horda de personas que decidieron que se subían a ese barco, sin saber muy bien dónde les llevaría. (¿No es acaso esa la única forma de aventurarse?)

A mí me agarró el corazón e hizo que, casi literalmente, sangraran mis retinas. Y esta vez el artífice principal no era un director bañado en alcohol e intensidad, ni uno de aquellos franceses que me hicieron amar el cine. Esta vez el jefe de todo esto era mi mejor amigo, mi hermano, al que siempre he admirado. Al que puedo ver cuando miro hacia el pasado y hacia el futuro, en un formato u otro, a mi lado.

Eso es lo que vi. Lo que era importante. Todo lo que rodea una realidad tan de broma de mal gusto, lo que nos ha hecho ser mejores (y casi más a menudo peores) personas, lo que nos impulsa a seguir siéndolo. El amor y el cine. Ese país en el que, solo con vosotros, sería capaz de ser todo lo que deseo. El domingo lo fui. Con los ojos llenos de lágrimas y el corazón temblando en todas las partes de mi cuerpo. Cuando me enamoro siempre siento que todo late dentro de mí, en mis pantalones, en mi pecho, en mis pupilas, en el cerebro o en unas manos agitadas. Pocas veces ha latido de una forma tan pura, tan valiente. En todas las partes a la vez. La película me miró y me dijo que sí, que podíamos, que podemos vivir en el país en el que soñemos hacerlo, que hay una pulsión que siempre nos conducirá a un lugar donde podemos cumplir nuestros sueños.

Hay varias escenas de Nos parecía importante que se han convertido, desde aquel primer montaje que vi en casa de Adrià, en algunas de mis favoritas de la historia del cine. El cuerpo de Marc agarrado al de un Axel inerte. El baile de dos valientes que se niegan a impregnarse de la muerte en el bar de Sofía. Decía Truffaut que las películas del mañana serían actos de amor. Y a mí, joder, a mí me enamoraste, Marc Ferrer. Con tu vulnerabilidad, con tu distancia, y con esa forma que tienes de ver el mundo que hace que esté contigo a cada rato, a cada minuto. Aunque el tiempo se interponga entre nuestras realidades.

Nadie ve como tú. Y me has hecho el mejor regalo con el que podíamos soñar siendo jóvenes.

GRACIAS.


Aucun commentaire:

Enregistrer un commentaire