Apagué el último cigarrillo que me quedaba, bebí un vaso de agua y me miré las manos. Siempre tenía algún donjuanismo en la boca para decir. Pero era demasiado guapa y demasiado brillante como para que yo empequeñeciera a los doce y esperara, tranquilamente, a que me rompiera el corazón.
Il y a 5 ans